La Organización Mundial de la Salud ha establecido que el 2% de la población es “peligrosa”: se trata de los psicópatas. España se cuentan un millón de psicópatas, pero la Justicia sólo ha detectado (y condenado) a unos 10.000. ¿Dónde están los 990.000 restantes? Muy cerca nuestro, sin duda. Si pueden, intentarán engañarnos, estafarnos, arruinarnos y no experimentarán la más mínima sensación de culpabilidad.
LOS PSICOPATAS Y NUESTRA SOCIEDAD
Nuestro tipo de sociedad, al favorecer los comportamientos egoístas e individualistas, es el mejor caldo de cultivo para los psicópatas. En los últimos 30 años su número ha crecido desmesuradamente.
Entre la clase política abundan este tipo de psicópatas, pero también son frecuentes al frente de empresas, en cargos de responsabilidad o conspirando para alcanzarlos. Su habilidad para manipular y tergiversar hechos, su ausencia completa de remordimientos, les facilitan escalar hasta los puestos más altos…
PSICOPATAS DESDE LA INFANCIA
Desde el momento en que comienza la época de socialización evidencian unos rasgos que los hacen radicalmente diferentes de otros niños. Muestran un ego particularmente crecido y hostil –hasta el ataque de nervios- ante cualquier crítica. Aprenden a mentir y a enmascarar sus sentimientos; se consideran por encima de los demás y suelen despreciar a sus compañeros de clase. Sus padres comprueban que cambian pronto –y continuamente- de amigos. En su edad adulta no les quedan amigos de infancia. Ni les interesan los estudios, ni mucho menos el daño que puedan hacer a sus compañeros.
EL ADULTO PSICOPATA
Los jueces habituados a tratar con psicópatas los reconocen inmediatamente: basta contemplar su mirada característica, llamada “mirada contenida”, los párpados algo cerrados, pero parpadeando muy poco, intentando como impedir que los ojos les salten de las órbitas. Suelen estar en tensión. Se considera probado que sudan menos que las demás personas y que, ni en el momento en que cometen las mayores tropelías, se les acelera el corazón.
¿Conoce a algún manipulador que tenga ciertas dosis de encanto? ¿Si? Pues ese es un psicópata. Buena parte de los psicópatas tienen atractivo para las personas que conocen. Al menos inicialmente. Gracias a ese atractivo logran parte de sus fines. No les cuesta trabajo mentir en relación a sí mismos (tienen tendencia a atribuirse títulos de nobleza o de estudios que en absoluto les corresponden). Pero pronto se pone de manifiesto que, a pesar de su alta capacidad de simulación, son incapaces de experimentar la menor empatía por los demás, al ser incapaces de sentir sus propias emociones. Esta inmadurez emocional hace ellos seres aislados. Carecen de amigos aunque les gusta alardear de su popularidad. Su problema es que habitualmente experimentan una fuga completa de la realidad. Tienen algo de mitómanos; construyen planes fabulosos que habitualmente chocan con la realidad y, cuando esto ocurre, procuran que los afectados sean sus socios, empleados o clientes. Un psicópata integrado es capaz de asegurar que un tartamudo podrá llegar a ser el mejor locutor de radio… en un momento de euforia, por que el psicópata es incapaz de medir las consecuencias de sus actos.
Su trato es completamente insoportable: nunca se sabe con qué cara llegará a la oficina. O excepcionalmente eufórico o deprimido y hostil para con todo y hacia todos. Sin solución de continuidad, alterna uno y otro estados emocionales. Cuesta seguir su evolución, de hecho carece patrones lógicos.
Poco a poco la gente se va separando de él: es incapaz de demostrar ningún amor verdadero hacia nadie. Cuando lo evidencia es falso: es señal de que quiere aprovecharse de la persona que simula amar, fundamentalmente por motivos económicos o egoístas, en la medida en que puede ayudarle a escalar.
¿Quiere un consejo? No intente dialogar con un psicópata, hablarán lenguajes diversos. El psicópata se funciona en una lógica propia: todo lo que le favorece y le facilita alcanzar sus objetivos es bueno, todo aquello que le impide llegar a ellos, es negativo. La ética y la normal moral, la ley unánimemente aceptadas, son para él peligrosas y, por tanto, es hostil a ellas. Al psicópata no le importa hacer daño, estafar, engañar, arruinar a alguien, no siente el más mínimo complejo de culpabilidad. Para él, las personas con “cosas” destinadas a satisfacer sus fantasías y ambiciones. Jamás experimenta la más mínima sensación de remordimiento. Ahora bien, si es cierto que en determinados sujetos, especialmente en aquellos que han sido educados en ambientes católicos, se evidencia un complejo de culpabilidad latente que es causa todavía de mayores perjuicios: tiende a sublimar su complejo de culpabilidad encontrando siempre a alguien más culpable que él. Y eso lo repetirán una y otra vez a lo largo de su vida como si se tratase de una fotocopia.
La experiencia no le sirve para aquilatar conocimientos, es incapaz de asumir los datos servidos por la experiencia y se encuentra siempre en el mismo punto de partida. Estos fracasos se deben a que siempre sus razonamientos son insuficientes. En realidad, en su estructura mental, no hay lugar para la lógica cartesiana: su fantasía le marca objetivos que pone en marcha a través de su voluntad, sin importarle ningún otro razonamiento. Muy habitualmente confunde sus delirios con la realidad y con la posibilidad racional de alcanzarlos. Pero, no hay problema, siempre la culpa es de otro.
Y para colmo tienen una mala memoria patológica. Suelen olvidar lo esencial de lo que han hecho el día anterior. No es raro que sean incapaces de aquilatar experiencias: para ello hace falta conservar un mínimo de memoria del pasado.